5/09/2006

Todos allá, en la plaza

Hasta antes de mi llegada al pueblo nada me hizo suponer que esta noche iba a haber un conciliábulo en torno al asesinato de un tal Ramiro. Realmente a aquel hombre lo traté muy poco; y no es su ausencia la que me ha traído aquí, sino haberme enterado de que fue mi amigo Lucas quien le dio muerte.
Un grupo de vecinos fue a buscarme apenas llegué de la ciudad para persuadirme a venir a la plaza. La encontré remodelada; y ahora, que no me prestan atención, puedo verla mucho más extraña por lo numeroso de las personas que van y vienen, preguntan y comentan. De ellos surge una mujer obesa y sudorosa que afirma haber estado presente cuando mataron a Ramiro, y trata de informarme lo más posible. Se comporta como si me conociera de varios años y, la verdad, no recuerdo haberla visto anteriormente. Eso ya no importa. Ella habla de Lucas y lo hace como si se tratase de un ser despreciable. Esta mujer es irritante: me coge de la camisa, chilla y continúa con sus acusaciones. Estoy a punto de reaccionar contra ella, y, si me contengo, es porque noto que allí nadie se desconcierta por lo que dice.
Me resisto a aceptar tales afirmaciones sobre Lucas. Ambos vivíamos a dos calles de esta plaza y siempre fuimos buenos amigos. Él nunca dejó de escribirme mientras tuve que viajar y ausentarme por largas temporadas. Jamás mencionó algún tipo de rencores contra Ramiro. En la mayoría de sus cartas sólo hacía referencia a sus amoríos, su estupenda colección de mariposas y a su libro de los sueños.
Cómo demostrarles la inocencia de Lucas o, en todo caso, cómo convencerme de su culpa. Estoy seguro de que todos están enterados de mi amistad con Lucas; no obstante, un hombre delgado y de bigotes finos, creo que se llama Antonio, me confunde al pretender aproximarme a un sujeto de aspecto cansado y silencioso, al parecer el hermano menor de la víctima. Los demás se concentran alrededor y me piden que los guíe hasta el refugio de Lucas. ¡Y cómo habría de saberlo! Encojo los hombros como respuesta y ellos se acaloran aún más.
Dos hombres se me acercan y los logro reconocer; son compañeros de colegio comunes a Lucas y a mí. Uno de ellos lo ha confirmado como el asesino. Cuenta que ambos se venían hostigando desde hace mucho tiempo y sólo se esperaba la determinación de uno para matar al otro.
Mis amigos me abandonan para integrarse a la turba.
Es imposible aplacar la exaltación de la gente. El hombre de bigotes delgados eleva la voz, casi grita; incita a la gente para ir en busca de Lucas, dice que es necesario vengar la muerte de Ramiro. Todos asienten entre exclamaciones. Una voz atiplada, anónima, vocea que Lucas está escondido a seis calles de aquí, en el ático de la casa de Lina, la prostituta. Nos encaminamos calles arriba. Y no sé cómo, tras unos minutos, me veo a la cabeza de la marcha - el hermano de Ramiro está a mi lado-. Nos alcanzan unos cuchillos y los asimos con firmeza.
Ninguno de los dos ha intentado hablarse.
Estamos cerca y puedo ver el ático desde aquí. La luz está apagada. Parece que no hubiera nadie; sin embargo sé que Lucas me espera -el hermano de Ramiro ha retrocedido unos pasos-.
Los gritos han terminado por ensordecerme.
Ante la entrada de la casa elevo la vista y todo arriba indica estar tranquilo. Sólo entonces, antes de patear y derribar la puerta, imagino a Lucas sentado en el borde de una cama quitándoles los alfileres a las mariposas de su colección.