5/09/2006

Porque el mar está al otro lado


No debo acercarme. Lo dijiste. Ahora estoy seguro; las palabras brotaron y permanecieron entre nosotros. También pude percatarme de que tu mirada no se extraviaba entre los sonidos; la mantuviste fija en la apresurada muchacha que salía de aquel instituto. Iba acompañada por dos amigas que reían y se burlaban de nimiedades. Pero ella, ella te observó: ambos se sostuvieron la mirada. Fue tan breve. Avanzaron muy rápido al ser empujadas por las decenas de jóvenes que se precipitaban hacia las calles. Sus amigas la sujetaban de los brazos, no cesaban de reír. Tú te sentías igualmente sujeto, no por mí, claro, yo recién intentaba hacerme a la idea que durante dos años consecutivos venías a verla salir. Acataste tus palabras que quedaron flotando y se fueron difuminando, no sin alterarse antes, en el aire, sobre mi cabeza, en mis recuerdos.

Acercarme no debo. Presumo que fui traído para ser testigo de tus palabras. Debí serlo, pero algo me impulsó a ser el tergiversador de ellas; quizá porque lo pronunciaste: fue precisamente a mí a quien te dirigías. También me obligaste a escuchar que ibas al barranco antes de que oscureciera; pretendías ver la playa, el mar, las personas en las orillas. Observé tu marcha hasta ver que doblabas la esquina. Después te imaginé andando por las calles, dispuesto a la proximidad del mar. Te imaginaba. Te veía llegando al pie del barranco.

Debo no acercarme. Al parecer ninguna de las muchachas quería irse. Busqué a la chica entre sus amigas. Me preguntaba qué pensaría ella de un desconocido que rutinariamente viene a contemplarla. Recordé que ella no mostró incomodidad con la presencia de mi amigo; es más, puedo afirmar que le correspondió de alguna manera, de un modo de mujer. La ubiqué; estaba en la calle de enfrente con las mismas amigas. Ellas continuaban con sus celebraciones. Hice un amago para cruzar la calle pero me contuve enseguida, pues advertí que se despedía y se alejaba calle abajo, muy pegada a la pared, protegida por la sombra, cubriéndose de la excesiva claridad que también me molestaba. La seguí con prontitud, ganando mayor distancia de sus amigas, quienes recibían la luz y reían al pie de la calzada. Caminé varias cuadras y nada indicaba que se detendría: Sus gestos eran ahora serios y gastados. Por un momento pensé que se había percatado de mi persecución y estaba tratando de despistarme. Lo descarté inmediatamente porque ella andaba por un camino preciso, sin desvíos laberínticos; pero hasta cuándo. Me había alejado del instituto, y todavía mucho más del barranco y de él. Se detuvo al fin en medio de una calle. Miraba hacia todas las direcciones: su actitud evidenciaba una búsqueda; parecía inquietarse a cada momento, e inquieta empezó a llorar, ocultando su rostro tras una mano que le sostenía la frente. Me descubrí torpe e incapaz de asistirla y tratar de calmarla. Nadie se acercó a preguntarle qué le sucedía; esperé en vano. Luego se recostó en el frontis de una casa antigua, sin dejar de llorar. Yo preferí sentarme en la vereda de enfrente. No sé cuánto tiempo pasó. El cielo oscurecía y ella continuaba sin moverse, recibiendo a ratos al viento que batía su falda de algodón. Definitivamente me quedé ahí sentado, pensando que en alguna ocasión los veloces autos, al impedirme verla, podrían llevarse su imagen de manera violenta, indiferente, sin dejarla siquiera agitar unos dedos y despedirse.