5/09/2006

Los reyes alguna vez


Todos en algún momento han visto bailar y oído cantar al gran Elvis Presley. Piensen en él cuando era joven.


I

Virginia fue a una tienda de discos entre las calles Junín y Azángaro, ahora cerrada; allí compró el long play de Elvis, que sería el segundo de su futura colección; regresó a casa y fue directo a encerrarse en su cuarto. Sacó el disco de su funda y lo hizo girar en su tocadiscos portátil. Comienzo de fiesta. La música se desplazaba por toda la habitación y Virginia estaba vivamente invitada a bailar. Arrimó su cama y una pequeña mesa para tener mayor espacio. Sus caderas giraban, sacudía los cabellos cabellos, un brazo arriba abajo, flexión de la pierna izquierda, más sacudir cabellos y dale y dale; bailó alrededor de dos horas.
Su madre la interrumpió para avisarle que un joven la buscaba. Debe ser Manuel, se dijo. Fue hacia el espejo y se vio muy desarreglada, sus mejillas ardían por la agitación del baile. Volvió a colocar el disco y salió de su cuarto sin siquiera acomodarse el cabello.


II

En un viejo y sucio hotel de Lima una pareja de norteamericanos hacía el amor. Ambos llegaron al Perú amándose. Se llamaban Morris y Vivian y se conocieron en un concierto en San Francisco. Llegaron vestidos con pantalones acampanados, casacas de cuero y viajaban alrededor del mundo; para descubrirnos, remarcaba Morris cuando Vivian parecía desanimarse de continuar el viaje.
Ella regresó al cuarto después de tomar una ducha. Encontró a Morris tendido en la cama; fumaba marihuana. Él le hizo un gesto de invitación pero ella lo rehusó con una sonrisa. Le dio la espalda y empezó a vestirse mirando al cielo raso. Luego se aproximó a la ventana para acodarse en ella y desde allí contemplar la calle.
En la acera de enfrente vio a tres hombres conversando. Por la estrechez entre estas calles pudo escuchar lo que decían. Uno de ellos, con camiseta blanca y bluejean desteñido, se ufanaba de no aparentar tantos años. Dijo que había formado parte de uno de los primeros grupos de rock que tocaba canciones de los Beatles. Los otros dos, más jóvenes, asentían con la cabeza. Morris desde la cama murmuró algo en un castellano muy malo. Vivian no lo escucho; ella estaba observando a una chica de unos quince años dirigiéndose hacia aquellos hombres. Vio que la muchacha, al llegar, abrazó al de la camiseta blanca. Él la presentó como su única hija, la cantante. A Vivian le pareció una chica encantadora.
La tarde estaba cayendo. A las espaldas de Vivian llegaron claramente las palabras de Morris: come on. Ella no respondió. Al frente, padre e hija empezaron a cantar en inglés: “you were always on my mind”. Los jóvenes trajeron algunas botellas de cerveza. Vivian reconoció la canción. Era de Elvis. En su país lo dejaron como un hombre obeso y melancólico. Hermosa canción. El hombre de camiseta blanca calló y su hija continuó cantando, sabía hacerlo; los demás brindaban, bebían y arrojaban la espuma sobrante en el asfalto.
Los ruidos aumentaron en la calle y Vivian deseaba seguir escuchando la canción.
Morris continuaba fumando echado en la cama. En esta ocasión Vivian necesitó decirle que lo amaba, pero se contuvo al descubrir a Morris con una mueca estúpida en su rostro. Sólo entonces ella abandonó el cuarto. De pronto sintió frío e intentó protegerse con las manos, pero esto sólo le permitió verse los dedos delgados y pálidos. Le pareció que eran desagradables y se sintió una mujer deslucida. Trató inútilmente imaginarse a sí misma. Luego caminó lenta en busca de la salida del hotel. Anduvo largo rato por los corredores con los brazos cruzados, apretándose fuerte, como abrazándose.


«Al inicio de la década de los setenta los Beatles ya se habían separado. Años más tarde había de morir el Rey.»