5/09/2006

Lo más cercano a la noche

He adquirido la costumbre de andar durante la noche por las calles estrechas cercanas a mi casa. Me complace observar el ascenso del humo de los cigarrillos de unos hombres solitarios en mangas de camisa. Los suelo hallar reunidos en una cantina donde las mesas se ubican muy cerca unas de otras, y el piso de losetas con motivos deslucidos está regado de aserrín húmedo. Siempre he sospechado que todos aquellos hombres trabajan en el mismo lugar. Obreros de alguna fábrica próxima, pienso. Son hombres mayores y me superan ampliamente en edad, a algunos ya se les ha caído el cabello y mantienen apenas unos bordes canos. Los he visto fumar, beber y discutir: son rudos. Nunca me han ofendido, no lo harían; tampoco me aceptan del todo.
Uno de ellos gusta cantarnos rancheras; lo hace bastante bien. Una vez me dijo que vivía enamorado de La Doña; y quizá notó mi incomprensión, dado que trató inmediatamente de explicarme que se refería a María Bonita, a la actriz María Félix; mientras sus manos parecían moldear en el aire un rostro, un bello rostro.

* * * *

Cuando era niño fui llevado a las afueras de Lima. Llegamos a una hacienda derruida que, para mi sorpresa, se permitía habitantes, pero no he fijado a ninguno en mi memoria. Sólo retengo los alrededores de la gran casa; primordialmente unos extensos campos sembrados de coles. Esas tierras se encontraban anegadas por el excesivo riego del día anterior, y fue su viento quien arrastró ese perfume de tierra hasta agolparse en mi nariz y obligarme a buscar salida. Mis padres me negaron el permiso y, a pesar de ello, escapé hacia los sembrados. Era extraño, nunca antes había pretendido distanciarme de mis familiares; de ahí que no se percataran de mi ausencia hasta pasadas muchas horas.
A ratos caminaba, otras corría. Y fue mientras caminaba que hundí primero el talón, y luego todo el pie, en un surco enlodado. Era como si aquel barro tibio atravesase los zapatos, las medias, y llegase, más que a mi pie, a mi cara. No intenté moverme, traté únicamente, con esfuerzo, de soportar unos instantes de vértigo.
No sé cuanto tiempo permanecí quieto. Vi caer la noche y supe que saldrían a buscarme (si es que ya no lo habrían hecho). Estarán angustiados, pensé. Ello me brindaba cierta culpabilidad, pero no me atemorizaba esperarlos. Me hallaron pronto. Escuché sus voces lentas acercarse, gritaban mi nombre; no les respondí pero igual me encontraron. Lo último que recuerdo de ese momento es la tibieza en mi cuerpo y la imagen de una gran col delante de mí. Unas manos me cogieron de las axilas y me sacaron de ahí.

* * * *

Estoy sobre mi cama, desnudo y con mucho frío; acabo de hacer el amor y ella se ha marchado. Me asomo a la ventana con ganas de reconocer a las personas e ir nombrándolas una a una; y me es imposible porque los caminantes están a más de una cuadra y no los logro distinguir por lo tenue de las luces. Entonces prefiero quedarme en casa viendo la televisión. Sé que hoy trasmitirán una película con María Félix.
Si pudiera, me agradaría ver la película en compañía del hombre de la cantina que canta rancheras. Quisiera saber su opinión al contarle que he leído una nota sobre La Doña, donde asegura que todos la consideraban bella e inteligente, pero nadie se dio cuenta de que ella era una mujer con corazón de hombre. “Imagínese, mi amigo”, le diría.