5/09/2006

La sal de las manos

La tarde ya se habrá acabado en la ciudad.
Y yo todavía me siento la tarde.
Martín Adán
poemas underwood

En cualquier momento él tendrá que asomarse por el tragaluz. Fingiré no verlo y me sorprenderé al alzar la mirada. Sonreirá como todo niño sonríe, como toda la vida sonrió. Dejaré de trabajar. Acomodaré mis herramientas y abandonaré nuevamente el sótano, sin hacer ruido, sin coger el abrigo, pues pesa demasiado.
Una mañana mientras recorríamos los alrededores del parque, él me confesó su anhelo por aprender mi oficio. “¿Por qué?”, lo interrogué sin salir de mi desconcierto. No me respondía; sólo atinó a llevarse la palma de la mano hacia la boca y lamerla con lentitud. Parecía saborearla con detenimiento. De improviso hizo un gesto de desagrado y dijo que en sus manos no encontraba el sabor salado que sí hallaba en las mías. Sorprendiéndome aún más, sujetó mi mano y la posó sobre sus labios. Azorado, recordé la vez que le cubrí la boca para evitar que continuase insultando a otro niño que había intentado empujarlo contra unos rosales del parque.
Yo jamás había reparado en el sabor de mis manos.
Continuamos el paseo. Anduvimos mucho por la ciudad. Era grandioso caminar juntos por las calles; él andaba cerca a mí, delante o detrás, y era como si yo lo siguiese del mismo modo.
Desde entonces, creo que ya hace bastante tiempo, acostumbro lamerme los dedos a escondidas. Él se burlaría si me viese; más ahora que tengo los dedos arrugados, viejos, y soy algo torpe con mi trabajo.
Por eso he decidido que dejaré de trabajar. Acomodaré mis herramientas y abandonaré nuevamente el sótano, sin hacer ruido, sin coger el abrigo; porque, insisto, pesa demasiado.