5/09/2006

Del canto que somos testigos

A menudo suelo pensar en los hospitales, en sus prolongados e higiénicos corredores, y en las personas desinfectadas que caminan por ellos. Asimismo suelo pensar en mí. Me veo tendido en una cama reclinable, escuchando las estúpidas conjeturas que hacen los médicos sobre mi caso. Ellos prefieren regresarme a la pensión; siempre sucede lo mismo. No me interesa curarme, en absoluto; sólo vuelvo a los hospitales, como regreso a otros lugares, porque necesito y quiero fragmentarme. Aún no sé si lo lograré del todo. No obstante, en algo he avanzado.


Es agradable escuchar los cánticos litúrgicos
entonados por los niños. Cerca a mi casa hay
una parroquia muy pequeña que no he visitado
en años. Allí las voces de los niños siguen siendo
las mismas.

Estuve sumamente aturdido por los sedantes
que me suministró la enfermera; empero, eso
no imposibilitó que pudiera retener en la memoria
el rostro de aquel viejo sucio de ojos saltones y
uñas inmundas que no dejaba de rebuscar mis
cosas en los cajones del aparador. Se llevó el
dinero y un libro de retratos familiares que
guardaba con esmero.

En otras tardes he visitado los museos de
historia natural, y nunca he cesado de hacerle
preguntas al guía.

Una pareja de esposos amigos míos me llevó
a un café para contarme que iban a tener
un hijo. Todavía no lo comprendo, pero de
regreso a la pensión me embriagué y después
empecé a rezar.



Las mujeres han tardado en enseñarme a amar.

Antes de regresar al hospital me encontraba
leyendo el libro titulado: La vida de las sirenas.
He soñado mucho, mucho.

Juro ser el de la fotografía.

Ya no logró distinguir entre el silencio y el canto;
y si alguno de ellos está presente,
no se ha fijado en mí.