5/10/2006

5/09/2006

A Javier Antonio, in memoriam
A los Centeno

Buenos muchachos


Benjamín y yo viajaremos a un lugar muy lejano. Iremos a un país extranjero donde, como en todos, su historia es mentira. Allá meditaré únicamente en el trabajo que he de realizar; al fin y al cabo, ya no pretendo recordar a nadie. En cambio, Benjamín en todo momento piensa en su esposa gestante. Dice que le gustaría observar a los niños por nacer; en especial al suyo, quien no define su sexo todavía; sólo se alimenta, duerme y sabe amar.

Hemos de partir y somos buenos muchachos.
De tanto haberte escrutado
oh piedra
heme aquí en el exilio
hablando un lenguaje de piedra
al oído del viento


César Moro
Piedra madre

Todos allá, en la plaza

Hasta antes de mi llegada al pueblo nada me hizo suponer que esta noche iba a haber un conciliábulo en torno al asesinato de un tal Ramiro. Realmente a aquel hombre lo traté muy poco; y no es su ausencia la que me ha traído aquí, sino haberme enterado de que fue mi amigo Lucas quien le dio muerte.
Un grupo de vecinos fue a buscarme apenas llegué de la ciudad para persuadirme a venir a la plaza. La encontré remodelada; y ahora, que no me prestan atención, puedo verla mucho más extraña por lo numeroso de las personas que van y vienen, preguntan y comentan. De ellos surge una mujer obesa y sudorosa que afirma haber estado presente cuando mataron a Ramiro, y trata de informarme lo más posible. Se comporta como si me conociera de varios años y, la verdad, no recuerdo haberla visto anteriormente. Eso ya no importa. Ella habla de Lucas y lo hace como si se tratase de un ser despreciable. Esta mujer es irritante: me coge de la camisa, chilla y continúa con sus acusaciones. Estoy a punto de reaccionar contra ella, y, si me contengo, es porque noto que allí nadie se desconcierta por lo que dice.
Me resisto a aceptar tales afirmaciones sobre Lucas. Ambos vivíamos a dos calles de esta plaza y siempre fuimos buenos amigos. Él nunca dejó de escribirme mientras tuve que viajar y ausentarme por largas temporadas. Jamás mencionó algún tipo de rencores contra Ramiro. En la mayoría de sus cartas sólo hacía referencia a sus amoríos, su estupenda colección de mariposas y a su libro de los sueños.
Cómo demostrarles la inocencia de Lucas o, en todo caso, cómo convencerme de su culpa. Estoy seguro de que todos están enterados de mi amistad con Lucas; no obstante, un hombre delgado y de bigotes finos, creo que se llama Antonio, me confunde al pretender aproximarme a un sujeto de aspecto cansado y silencioso, al parecer el hermano menor de la víctima. Los demás se concentran alrededor y me piden que los guíe hasta el refugio de Lucas. ¡Y cómo habría de saberlo! Encojo los hombros como respuesta y ellos se acaloran aún más.
Dos hombres se me acercan y los logro reconocer; son compañeros de colegio comunes a Lucas y a mí. Uno de ellos lo ha confirmado como el asesino. Cuenta que ambos se venían hostigando desde hace mucho tiempo y sólo se esperaba la determinación de uno para matar al otro.
Mis amigos me abandonan para integrarse a la turba.
Es imposible aplacar la exaltación de la gente. El hombre de bigotes delgados eleva la voz, casi grita; incita a la gente para ir en busca de Lucas, dice que es necesario vengar la muerte de Ramiro. Todos asienten entre exclamaciones. Una voz atiplada, anónima, vocea que Lucas está escondido a seis calles de aquí, en el ático de la casa de Lina, la prostituta. Nos encaminamos calles arriba. Y no sé cómo, tras unos minutos, me veo a la cabeza de la marcha - el hermano de Ramiro está a mi lado-. Nos alcanzan unos cuchillos y los asimos con firmeza.
Ninguno de los dos ha intentado hablarse.
Estamos cerca y puedo ver el ático desde aquí. La luz está apagada. Parece que no hubiera nadie; sin embargo sé que Lucas me espera -el hermano de Ramiro ha retrocedido unos pasos-.
Los gritos han terminado por ensordecerme.
Ante la entrada de la casa elevo la vista y todo arriba indica estar tranquilo. Sólo entonces, antes de patear y derribar la puerta, imagino a Lucas sentado en el borde de una cama quitándoles los alfileres a las mariposas de su colección.

La sal de las manos

La tarde ya se habrá acabado en la ciudad.
Y yo todavía me siento la tarde.
Martín Adán
poemas underwood

En cualquier momento él tendrá que asomarse por el tragaluz. Fingiré no verlo y me sorprenderé al alzar la mirada. Sonreirá como todo niño sonríe, como toda la vida sonrió. Dejaré de trabajar. Acomodaré mis herramientas y abandonaré nuevamente el sótano, sin hacer ruido, sin coger el abrigo, pues pesa demasiado.
Una mañana mientras recorríamos los alrededores del parque, él me confesó su anhelo por aprender mi oficio. “¿Por qué?”, lo interrogué sin salir de mi desconcierto. No me respondía; sólo atinó a llevarse la palma de la mano hacia la boca y lamerla con lentitud. Parecía saborearla con detenimiento. De improviso hizo un gesto de desagrado y dijo que en sus manos no encontraba el sabor salado que sí hallaba en las mías. Sorprendiéndome aún más, sujetó mi mano y la posó sobre sus labios. Azorado, recordé la vez que le cubrí la boca para evitar que continuase insultando a otro niño que había intentado empujarlo contra unos rosales del parque.
Yo jamás había reparado en el sabor de mis manos.
Continuamos el paseo. Anduvimos mucho por la ciudad. Era grandioso caminar juntos por las calles; él andaba cerca a mí, delante o detrás, y era como si yo lo siguiese del mismo modo.
Desde entonces, creo que ya hace bastante tiempo, acostumbro lamerme los dedos a escondidas. Él se burlaría si me viese; más ahora que tengo los dedos arrugados, viejos, y soy algo torpe con mi trabajo.
Por eso he decidido que dejaré de trabajar. Acomodaré mis herramientas y abandonaré nuevamente el sótano, sin hacer ruido, sin coger el abrigo; porque, insisto, pesa demasiado.

Porque el mar está al otro lado


No debo acercarme. Lo dijiste. Ahora estoy seguro; las palabras brotaron y permanecieron entre nosotros. También pude percatarme de que tu mirada no se extraviaba entre los sonidos; la mantuviste fija en la apresurada muchacha que salía de aquel instituto. Iba acompañada por dos amigas que reían y se burlaban de nimiedades. Pero ella, ella te observó: ambos se sostuvieron la mirada. Fue tan breve. Avanzaron muy rápido al ser empujadas por las decenas de jóvenes que se precipitaban hacia las calles. Sus amigas la sujetaban de los brazos, no cesaban de reír. Tú te sentías igualmente sujeto, no por mí, claro, yo recién intentaba hacerme a la idea que durante dos años consecutivos venías a verla salir. Acataste tus palabras que quedaron flotando y se fueron difuminando, no sin alterarse antes, en el aire, sobre mi cabeza, en mis recuerdos.

Acercarme no debo. Presumo que fui traído para ser testigo de tus palabras. Debí serlo, pero algo me impulsó a ser el tergiversador de ellas; quizá porque lo pronunciaste: fue precisamente a mí a quien te dirigías. También me obligaste a escuchar que ibas al barranco antes de que oscureciera; pretendías ver la playa, el mar, las personas en las orillas. Observé tu marcha hasta ver que doblabas la esquina. Después te imaginé andando por las calles, dispuesto a la proximidad del mar. Te imaginaba. Te veía llegando al pie del barranco.

Debo no acercarme. Al parecer ninguna de las muchachas quería irse. Busqué a la chica entre sus amigas. Me preguntaba qué pensaría ella de un desconocido que rutinariamente viene a contemplarla. Recordé que ella no mostró incomodidad con la presencia de mi amigo; es más, puedo afirmar que le correspondió de alguna manera, de un modo de mujer. La ubiqué; estaba en la calle de enfrente con las mismas amigas. Ellas continuaban con sus celebraciones. Hice un amago para cruzar la calle pero me contuve enseguida, pues advertí que se despedía y se alejaba calle abajo, muy pegada a la pared, protegida por la sombra, cubriéndose de la excesiva claridad que también me molestaba. La seguí con prontitud, ganando mayor distancia de sus amigas, quienes recibían la luz y reían al pie de la calzada. Caminé varias cuadras y nada indicaba que se detendría: Sus gestos eran ahora serios y gastados. Por un momento pensé que se había percatado de mi persecución y estaba tratando de despistarme. Lo descarté inmediatamente porque ella andaba por un camino preciso, sin desvíos laberínticos; pero hasta cuándo. Me había alejado del instituto, y todavía mucho más del barranco y de él. Se detuvo al fin en medio de una calle. Miraba hacia todas las direcciones: su actitud evidenciaba una búsqueda; parecía inquietarse a cada momento, e inquieta empezó a llorar, ocultando su rostro tras una mano que le sostenía la frente. Me descubrí torpe e incapaz de asistirla y tratar de calmarla. Nadie se acercó a preguntarle qué le sucedía; esperé en vano. Luego se recostó en el frontis de una casa antigua, sin dejar de llorar. Yo preferí sentarme en la vereda de enfrente. No sé cuánto tiempo pasó. El cielo oscurecía y ella continuaba sin moverse, recibiendo a ratos al viento que batía su falda de algodón. Definitivamente me quedé ahí sentado, pensando que en alguna ocasión los veloces autos, al impedirme verla, podrían llevarse su imagen de manera violenta, indiferente, sin dejarla siquiera agitar unos dedos y despedirse.

Ella azul

Quizás uno, dos, o tres pasos la llevarán, la llevan, la dejan en aquel puente de doble pista asfaltada, caliente, hirviente por un sol perturbador que hace muchas horas partió y de donde ella siempre parte y sale y se detiene.
Efectivamente, el sol aparece por el punto en el que todos dijeron, dicen, ella nació, vivió, vive, y quién sabe si seguirá calentando el sol como hoy, como ahora, como antes, sobre la comadrona que tiró de ella para que viera, vea, veamos todos, qué azules parecen las cosas cuando ella las mira: muy bonita, muy niña, muy joven, mujer ahora cansada; aunque no olvidemos que sigue siendo joven.
La vieron. Se encuentra, la encontramos y aquí está en medio del puente, del meridiano, cavilando las posibilidades de detener al Gavilán en su posible avance, qué horrible es este hombre, no te le acerques, sátrapa, Gavilán, hombre que se dice, digo, algunas vieron, vi galán. Es tan torpe que sigue al otro lado del puente, donde nació, nace el sol y donde ella pensó, piensa y, eso sí, seguirá pensando en escapar del débil y añoso amorío. El Gavilán debe morir, y no dormir, como lo hizo, lo hace sobre un catre por el que saltan los resortes, seguramente que enmohecidos y deformes, nada azules, por supuesto.
Ella azul, mujer cansada, observó y observa a los carros atravesando el puente. Son muchos los que transitan y pocos los que se vienen a este lado, pero puede ser, es que nunca se sabe; a ella no le importa saber quiénes los conducen. La canícula y sus rayos bajan y rebotan en los autos, el auto, los cristales, el cristal, las lunas, la luna, el sol sobre la luna, y el reflejo azul es para ella, para sus ojos que no cejan ni se ciegan, para su mirada que la dirige, la conduce y la posa en aquella, esta gran línea que es, fue el río que pasa bajo el puente.
Inclina la cabeza y su pelo muy recortado, corto, como un hombrecito, ya no se mueve, agita y esparce. Ella se recuesta en los barandales herrumbrosos, apoya sus veinte, el vientre, los codos que temblaron, tiemblan, y los calma para que estén quietos y no se inquieten como el río imperioso, impetuoso, con un caudal que te recibirá, ahora no, claro, disculpa; lo que sí recibe son tus panes, tus migas, trozos de pan que abandonas al viento y penetran en el río. Panecillos que disfrutabas con tu amiga, la de la fruta, La Fruta Linares, para todos hoy ausente, hasta para el Gavilán, tragador de seres, aunque no para ti que la sientes cerca, presente, no tan azul pero sí cerca.
Rápido, veloz, cimbreante, los trozos de pan, de ella azul, van y no vienen por el río presuroso, ansioso, que debería verse azul y no pardo; ella no podrá evitar que el río corre y corra recogiendo una infinidad de cosas y desechos infinitos que se apoltronan en lo angosto y se expanden por lo ancho, ley natural, dicen; y es para ella expandir su trono continuo, siguiendo su cauce, serpentín que por alguna razón muerde y no duelen ni los golpes en las grandes piedras del río que llegan, llega a ese recodo, codo, todo curva como una turba chillante, desesperada, miren por ahí va el trozo de pan de ella azul bajo el sol que se desplaza por el puente caliente, lo atraviesa ardiente sobre un auto igual de hirviente, pero esos fierros doblarán, doblan en una esquina y abandonarán al sol, y ya lo hizo, en el camino que seguirá siendo curvo, y quedará una ligera ventisca que le rozará, le roza la nuca a ella azul y no mueve cabellos y sin embargo sí remueve el vestido. El viento empuja, deja, dejó caer residuos de pan en el puente, los que quedan y quedaron porque los otros ya están en el mar, bajo éste, en el fondo, dejando atrás el río pardo, el puente caliente, ella azul sabiendo y lo sabe que un molusco se habrá comido, se comió el trozo de pan, y ese molusco tendría, tiene la certeza de que el sol estará, está próximo a él, enfriándose, con el frío del frío. Frío.

Los campanarios se desploman

La felicidad no es para todos


—...Tres siete... seis dos... cinco tres. Recuerda el número, por favor, y no olvides que ambos conocimos a Toño Botelho de Mattos... Sí, ese hombre tan agradable de la Rua de Penhascos. Lo nombro porque he visto un documental de la ciudad de Bahía... ¿sabes? El paisaje se ve tan hermoso como cuando estuvimos allá... Caramba, si parecíamos brasileños, ¿no?... ¿Crees que debo enviarle una postal de Lima?... No sé, como retribución por todas sus atenciones, supongo... nos trato como un verdadero amigo... Pero, claro, tú quizás le enviarías postales de diversas ciudades: Buenos Aires, Santiago, y hasta New York, París o Roma, todos los nombres sacados de tus revistas de modas internacionales... ¿Aló?... ¿Me escuchas?... ¿Sí?... Disculpa, pensé que habías... bueno... Algún día habrá que volver allá, conocer otros lugares, en fin, tanto por hacer... ¿Cómo?... Sí, entiendo... no te preocupes, pero no olvides de llamarme pronto... Ah, espera... ya sé. Voy a enviarle una fotografía de los dos a Toño. ¿No te molesta, verdad?... Ya escogeré una buena foto... Sí, sí... Adiós... A ver quién cuelga primero...





Visitando los campanarios


Un viernes 20 de octubre Toño Botelho de Mattos recibió una carta. En ella leyó anécdotas pasadas, nada interesante. Lo que sí atrajo su atención fue la fotografía de una pareja frente a unos campanarios en una gran plaza. La mujer llevaba el cabello suelto, lacio y muy negro; el hombre parecía sonreír. Se abrazaban. Botelho de Mattos no encontró anotaciones al reverso y no se hacía referencia a la fotografía en la carta. Dudó si los campanarios eran de alguna ciudad de Brasil que él no conocía o si eran de Lima.
Botelho de Mattos fue a una fiesta donde danzó y se emborrachó durante la noche del viernes y el día entero del sábado. Durmió todo el domingo. Cuando despertó, el lunes a las 10 a.m., vio la fotografía sobre su mesa de noche. La observó con detenimiento, divertido, y después escribió en el reverso: “simpáticos peruanos”.

Lo más cercano a la noche

He adquirido la costumbre de andar durante la noche por las calles estrechas cercanas a mi casa. Me complace observar el ascenso del humo de los cigarrillos de unos hombres solitarios en mangas de camisa. Los suelo hallar reunidos en una cantina donde las mesas se ubican muy cerca unas de otras, y el piso de losetas con motivos deslucidos está regado de aserrín húmedo. Siempre he sospechado que todos aquellos hombres trabajan en el mismo lugar. Obreros de alguna fábrica próxima, pienso. Son hombres mayores y me superan ampliamente en edad, a algunos ya se les ha caído el cabello y mantienen apenas unos bordes canos. Los he visto fumar, beber y discutir: son rudos. Nunca me han ofendido, no lo harían; tampoco me aceptan del todo.
Uno de ellos gusta cantarnos rancheras; lo hace bastante bien. Una vez me dijo que vivía enamorado de La Doña; y quizá notó mi incomprensión, dado que trató inmediatamente de explicarme que se refería a María Bonita, a la actriz María Félix; mientras sus manos parecían moldear en el aire un rostro, un bello rostro.

* * * *

Cuando era niño fui llevado a las afueras de Lima. Llegamos a una hacienda derruida que, para mi sorpresa, se permitía habitantes, pero no he fijado a ninguno en mi memoria. Sólo retengo los alrededores de la gran casa; primordialmente unos extensos campos sembrados de coles. Esas tierras se encontraban anegadas por el excesivo riego del día anterior, y fue su viento quien arrastró ese perfume de tierra hasta agolparse en mi nariz y obligarme a buscar salida. Mis padres me negaron el permiso y, a pesar de ello, escapé hacia los sembrados. Era extraño, nunca antes había pretendido distanciarme de mis familiares; de ahí que no se percataran de mi ausencia hasta pasadas muchas horas.
A ratos caminaba, otras corría. Y fue mientras caminaba que hundí primero el talón, y luego todo el pie, en un surco enlodado. Era como si aquel barro tibio atravesase los zapatos, las medias, y llegase, más que a mi pie, a mi cara. No intenté moverme, traté únicamente, con esfuerzo, de soportar unos instantes de vértigo.
No sé cuanto tiempo permanecí quieto. Vi caer la noche y supe que saldrían a buscarme (si es que ya no lo habrían hecho). Estarán angustiados, pensé. Ello me brindaba cierta culpabilidad, pero no me atemorizaba esperarlos. Me hallaron pronto. Escuché sus voces lentas acercarse, gritaban mi nombre; no les respondí pero igual me encontraron. Lo último que recuerdo de ese momento es la tibieza en mi cuerpo y la imagen de una gran col delante de mí. Unas manos me cogieron de las axilas y me sacaron de ahí.

* * * *

Estoy sobre mi cama, desnudo y con mucho frío; acabo de hacer el amor y ella se ha marchado. Me asomo a la ventana con ganas de reconocer a las personas e ir nombrándolas una a una; y me es imposible porque los caminantes están a más de una cuadra y no los logro distinguir por lo tenue de las luces. Entonces prefiero quedarme en casa viendo la televisión. Sé que hoy trasmitirán una película con María Félix.
Si pudiera, me agradaría ver la película en compañía del hombre de la cantina que canta rancheras. Quisiera saber su opinión al contarle que he leído una nota sobre La Doña, donde asegura que todos la consideraban bella e inteligente, pero nadie se dio cuenta de que ella era una mujer con corazón de hombre. “Imagínese, mi amigo”, le diría.

Los reyes alguna vez


Todos en algún momento han visto bailar y oído cantar al gran Elvis Presley. Piensen en él cuando era joven.


I

Virginia fue a una tienda de discos entre las calles Junín y Azángaro, ahora cerrada; allí compró el long play de Elvis, que sería el segundo de su futura colección; regresó a casa y fue directo a encerrarse en su cuarto. Sacó el disco de su funda y lo hizo girar en su tocadiscos portátil. Comienzo de fiesta. La música se desplazaba por toda la habitación y Virginia estaba vivamente invitada a bailar. Arrimó su cama y una pequeña mesa para tener mayor espacio. Sus caderas giraban, sacudía los cabellos cabellos, un brazo arriba abajo, flexión de la pierna izquierda, más sacudir cabellos y dale y dale; bailó alrededor de dos horas.
Su madre la interrumpió para avisarle que un joven la buscaba. Debe ser Manuel, se dijo. Fue hacia el espejo y se vio muy desarreglada, sus mejillas ardían por la agitación del baile. Volvió a colocar el disco y salió de su cuarto sin siquiera acomodarse el cabello.


II

En un viejo y sucio hotel de Lima una pareja de norteamericanos hacía el amor. Ambos llegaron al Perú amándose. Se llamaban Morris y Vivian y se conocieron en un concierto en San Francisco. Llegaron vestidos con pantalones acampanados, casacas de cuero y viajaban alrededor del mundo; para descubrirnos, remarcaba Morris cuando Vivian parecía desanimarse de continuar el viaje.
Ella regresó al cuarto después de tomar una ducha. Encontró a Morris tendido en la cama; fumaba marihuana. Él le hizo un gesto de invitación pero ella lo rehusó con una sonrisa. Le dio la espalda y empezó a vestirse mirando al cielo raso. Luego se aproximó a la ventana para acodarse en ella y desde allí contemplar la calle.
En la acera de enfrente vio a tres hombres conversando. Por la estrechez entre estas calles pudo escuchar lo que decían. Uno de ellos, con camiseta blanca y bluejean desteñido, se ufanaba de no aparentar tantos años. Dijo que había formado parte de uno de los primeros grupos de rock que tocaba canciones de los Beatles. Los otros dos, más jóvenes, asentían con la cabeza. Morris desde la cama murmuró algo en un castellano muy malo. Vivian no lo escucho; ella estaba observando a una chica de unos quince años dirigiéndose hacia aquellos hombres. Vio que la muchacha, al llegar, abrazó al de la camiseta blanca. Él la presentó como su única hija, la cantante. A Vivian le pareció una chica encantadora.
La tarde estaba cayendo. A las espaldas de Vivian llegaron claramente las palabras de Morris: come on. Ella no respondió. Al frente, padre e hija empezaron a cantar en inglés: “you were always on my mind”. Los jóvenes trajeron algunas botellas de cerveza. Vivian reconoció la canción. Era de Elvis. En su país lo dejaron como un hombre obeso y melancólico. Hermosa canción. El hombre de camiseta blanca calló y su hija continuó cantando, sabía hacerlo; los demás brindaban, bebían y arrojaban la espuma sobrante en el asfalto.
Los ruidos aumentaron en la calle y Vivian deseaba seguir escuchando la canción.
Morris continuaba fumando echado en la cama. En esta ocasión Vivian necesitó decirle que lo amaba, pero se contuvo al descubrir a Morris con una mueca estúpida en su rostro. Sólo entonces ella abandonó el cuarto. De pronto sintió frío e intentó protegerse con las manos, pero esto sólo le permitió verse los dedos delgados y pálidos. Le pareció que eran desagradables y se sintió una mujer deslucida. Trató inútilmente imaginarse a sí misma. Luego caminó lenta en busca de la salida del hotel. Anduvo largo rato por los corredores con los brazos cruzados, apretándose fuerte, como abrazándose.


«Al inicio de la década de los setenta los Beatles ya se habían separado. Años más tarde había de morir el Rey.»

Estreno


PRIMA


Música de fondo, suave y de ritmo casi imperceptible; es lo primero que necesitas. Su melodía se desplazaría ondulante por todo el escenario, entre nosotros. Finalmente terminaría adherida al telón.

Son tan viejos estos teatros.

Tienes que preocuparte de los detalles. Es preciso que no falte nada sobre el tablado: los sillones, la mesa de centro, los adornos, la chimenea -no importa que ésta sea de cartón piedra-; siempre has pensado que las casas sin chimeneas son inverosímiles.

SECONDA

Por unos segundos te complace observar el escenario listo. La música te rodea. Confirmas que es imprescindible una correcta iluminación. Debes ordenar que iluminen en especial el flanco derecho. Quieres mucha luz ahí; deseas dar la sensación de rayos solares penetrando a través de las ventanas que tú sabes que están enrejadas y cuyos motivos semejan volutas de color negro.

Ahora sólo resta esperar a la única actriz: Rebeca. Fue una buena elección; debe estar acabando de vestirse. En cambio tú ya te hallabas vestido desde hace una hora: el mismo saco marrón y la camisa blanca, sin corbata, claro está.

Rebeca ingresa al escenario con displicencia y, en cuanto le hablas, ella cambia de expresión; atiende debidamente tus instrucciones. Le dices que la representación es breve, durará unos minutos. Le das sus líneas y le indicas que lo tiene que decir con un débil acento italiano; muy pausado y grave. Por último, dos detalles más: está enferma y se llama Angela.




TERZA

(Se corre el telón y nadie necesita entrar en el escenario; los necesarios ya están ubicados)

Angela (Irónica. Mirando al sol): Mi madre dice que estoy muriendo ¿Tú me dirías lo mismo?
Tú (cerca de la chimenea): Que lo diga no resuelve nada. Prefiero no pensar en eso, si tú me lo permites.
Angela : Por supuesto, no debes preocuparte más de lo necesario. Sólo que me parece que es demasiado pronto para borrarlo de tus pensamientos.
Tú (observando la bata de dormir de Angela): Deberías cuidarte, seguir tu tratamiento.
Angela : Sí que lo hago... (avanza hacia ti) ¿Sabes? Esta mañana, al tomar mis pastillas, sentí que me había acostumbrado al agua fría. No quiero tomar otra cosa. Todo el día bebo agua fría... (ríe) ¿Quieres que te dé un beso?
Tú : No hables así, por favor.

(Ella aguarda. Luego se deja caer en el sillón, inclina la cabeza hasta sus piernas y reposa el mentón en sus rodillas. Das unos pasos hacia ella y tu sombra la cubre por completo)

Angela (arrepentida): Lo siento... Mejor no me hagas caso... O mejor aún, sólo atiende a mi lado noble y resiste.

(Sales del tablado, la dejas sentada y pides que apaguen todas las luces)


Telón

Colofón al día de la sombra

Breve diálogo escuchado por todos antes del día de la sombra.

—¿Recuerdas cuando me contabas aquellas historias de la guerra sólo para hacerme llorar?
—Creí que te habías olvidado de todo eso— le contestó su esposo—. La guerra terminó hace mucho.
—Sí, ya lo sé, pero constantemente evoco muchas cosas pasadas sobre los dos; como cuando lloraba por esas terribles historias hasta quedarme dormida, mientras tú te ibas al patio para sentarte en la banca bajo el alero.
—En lugar de recordar cosas tristes, deberías terminar de alistar las maletas. El avión sale mañana muy temprano y no quiero que nos retrasemos.
—Lo haré... ¡Los días de la sombra! —gritó ella de súbito— ya recuerdo, así los llamaste. Qué divertido me suena ahora. ¿A ti no?

* * * *

Frases finales en un cuarto de hotel al acabar el día de la sombra.

(La voz de él casi no se percibe)

—Ya no hay más historias. Sé que duermes. Esto no te dolerá, cariño, no te dolerá.

Del canto que somos testigos

A menudo suelo pensar en los hospitales, en sus prolongados e higiénicos corredores, y en las personas desinfectadas que caminan por ellos. Asimismo suelo pensar en mí. Me veo tendido en una cama reclinable, escuchando las estúpidas conjeturas que hacen los médicos sobre mi caso. Ellos prefieren regresarme a la pensión; siempre sucede lo mismo. No me interesa curarme, en absoluto; sólo vuelvo a los hospitales, como regreso a otros lugares, porque necesito y quiero fragmentarme. Aún no sé si lo lograré del todo. No obstante, en algo he avanzado.


Es agradable escuchar los cánticos litúrgicos
entonados por los niños. Cerca a mi casa hay
una parroquia muy pequeña que no he visitado
en años. Allí las voces de los niños siguen siendo
las mismas.

Estuve sumamente aturdido por los sedantes
que me suministró la enfermera; empero, eso
no imposibilitó que pudiera retener en la memoria
el rostro de aquel viejo sucio de ojos saltones y
uñas inmundas que no dejaba de rebuscar mis
cosas en los cajones del aparador. Se llevó el
dinero y un libro de retratos familiares que
guardaba con esmero.

En otras tardes he visitado los museos de
historia natural, y nunca he cesado de hacerle
preguntas al guía.

Una pareja de esposos amigos míos me llevó
a un café para contarme que iban a tener
un hijo. Todavía no lo comprendo, pero de
regreso a la pensión me embriagué y después
empecé a rezar.



Las mujeres han tardado en enseñarme a amar.

Antes de regresar al hospital me encontraba
leyendo el libro titulado: La vida de las sirenas.
He soñado mucho, mucho.

Juro ser el de la fotografía.

Ya no logró distinguir entre el silencio y el canto;
y si alguno de ellos está presente,
no se ha fijado en mí.
Bertoldo diría estas cosas mejor,
pero Bertoldo no las diría nunca.

Martín Adán
poemas underwood

Índice

Buenos muchachos
La sal de las manos
Todos allá, en la plaza
Porque el mar está al otro lado
Ella azul
Los campanarios se desploman
Lo más cercano a la noche
Los reyes alguna vez
Colofón al día de la sombra
Estreno
Del canto que somos testigos




©Ricardo Sumalavia, 1993, 2003, 2005
Diseño e ilustración de carátula de Juan Pablo Campana, 2003
Ilustraciones interiores de Carmen Herrera Nolorve, 2006